miércoles, 1 de junio de 2022

Cosas que pasaron hoy #24

 

Hoy a la mañana caminé hasta la parada del micro a través de la plaza. Cuando estaba por llegar a la esquina, escuché un grito. Instintivamente, me di vuelta y mis ojos se cruzaron con el de un hombre torcido, borracho, desalineado y cargando un balde plástico. Me insulté a mí mismo y apuré el paso, pero el semáforo cortó y me dejó atrapado. El hombre se acercó y se paró junto a mí. Yo te a conozco a vos, me dijo, estuvimos juntos en la jaula. Lo miré. Tenía una barba oscura y los ojos rojos. Los dientes amarillos parecían escaparse de la boca. No respondí a su pregunta y observé el contador rojo del semáforo. Estuvimos juntos en la jaula, repitió, vos y yo, ¿no te acordás? No me acuerdo, le respondí, algo titubeante. ¿Cómo que no te acordás? Dio un paso para atrás como si tratara de dejar el balde en el suelo. En ese momento, tuve miedo de que intentara pegarme. Le di la espalda y volví a escuchar su vos. Yo te voy a hacer acordar, me dijo, estuvimos juntos. Volví a mirarlo. Su rostro se pegó al mío y me invadió un hedor acido. Te estás confundiendo, le respondí. Pensé que qué pasaba si tenía que pelearme. Probablemente, si lo empujaba, el hombre caería sobre las baldosas, desarmado por su condición etílica, y se rompería algún hueso o, en el peor de los casos, se abriría la mollera. ¿Vos me decís que yo estoy confundido? me dijo. El contador del semáforo parecía estancando en el diez. Si se ponía en verde, cruzaría la calle y sería más fácil ignorarlo. Bueno, está bien, farfulló el hombre. Agachó la cabeza y se dio vuelta. El semáforo fue verde y crucé la calle. Sentí que el cuerpo se me relajaba, aunque no me había dado cuenta que estaba tan tenso. Desde la parada, lo vi charlando con el tipo que atiende el puesto de panchos. El hombre no soltaba su balde de plástico. Me pregunté cómo habría sido su noche, desde cuándo vendría esa caída, cómo era su vida. Un poco de pena tuve por él. Suspiré y subí al micro. Una manera de quitarse la modorra de la mañana.

martes, 31 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #23

 

Hay un capítulo de Seinfeld en el que una de las protagonistas, que trabaja en una editorial, debe ocuparse de la publicación de una novela de Yuri Testakov, un afamado escritor ruso. Al principio, tienen una reunión ella, el editor en jefe y el ruso en cuestión. El editor en jefe pregunta si Testakov prefiere trabajar en el hotel donde se hospeda o en las oficinas de la empresa. El escritor responde, con desdén, que prefiere el hotel, alejado de todos los chismorreos y charlas de los empleados. A Tolstoi le gustaba escribir en la plaza, comenta el editor en jefe, decía que el contacto con la gente lo inspiraba. Él no necesitaba inspiración, responde Testakov, Dios escribía a través de su pluma. Hay un compañero de trabajo al que mañana lo operan o algo así. Digo algo así no para ser gracioso o simpático, sino porque verdaderamente es algo así. Él no pudo explicarnos bien qué es lo que le hacen ni cómo ni si tiene que hacer reposo o puede seguir con su vida normal después de la operación que en realidad no es. Lo que sabemos es que tiene piedras en el riñón y van a inyectarle algo para que se le disuelvan. Cuáles son los pasos del procedimiento, desconocemos. Pero el hombre está preocupado. Está cerca de jubilarse y ya lo desahuciaron un par de veces años atrás. Le tomaron las medidas del cajón, para ser claros. Pero se salvó. Y ahora, otra vez, se lo ve inquieto. Además, mañana juega Argentina. No va a poder verlo, pero, para colmo, no sabe si van a tenerlo en la clínica esperando mientras los médicos ven el partido. Capaz que te dicen aguantá que hay penales, bromeamos nosotros. Sí, son unos hijos de puta, respondió, pero sus ojos se ensombrecieron. Todos nos volvemos niños ante la presencia de la muerte. Volví en el 273 a casa y se sentó un empleado municipal junto a mí. El muchacho respondía todas las conversaciones con audios y a los gritos. En pocas cuadras, me enteré que tiene que remarcar los carteles del lugar donde trabaja porque la gente no los lee, que está con dolor de pecho desde la mañana y tal vez a la tarde vaya a la guardia, que está tratando de construir su casa, pero es difícil porque todos los materiales están muy caros y que hace cuatros años que siempre está enfermo y nunca se puede mejorar. Tuve que bajarme del micro, pero yo estaba fascinado con la historia y la vida de ese muchacho, tan parecida esa existencia a tantas otras. Había algo en esa sencillez particular que me resultó complejo y misterioso como un espacio inexplorado. Fui al chino y le traje una caja a René para que juegue.

lunes, 30 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #22

 

Hoy me levanté después de las siete y el frío me pegó en el cuerpo. Apagué la alarma varias veces, pero de forma inconsciente. Estiré el brazo y moví el cursor hacia la izquierda del celular para postergar diez minutos más. Sin embargo, no había en mí noción de día u hora, como si estuviera rodeado de oscuridad. En un momento, abrí los ojos y comprendí que era lunes. El frío de esta parte del mundo, es decir, de La Plata, es peor que cualquier otro frío, es un frío húmedo que atraviesa la ropa, la piel, la carne, que se adhiere a los huesos. Fui a la parada del micro y casi me subo al colectivo equivocado. Vino uno con el cartel del 195, pero iba por autopista y no por Centenario. Una chica me sacó del error y me explicó la situación. Igual, le dije que iba siempre a esa parada, pero me confundió que tuviera un cartel siendo otro. Ella pareció aceptar con más tranquilidad las incongruencias del servicio de transporte. Llegué a la oficina y no había jefe ni supervisor, así que cundía el caos y el pánico. Tratamos de organizarnos como cooperativa de obreros. Salí a la calle alrededor de las nueve. El frío es mejor que el calor, al menos para este trabajo. A medida que transcurre el día, sube el sol y el cuerpo se calienta con la bicicleta motivo por el que el frío se vuelve tolerable. En cambio, con el calor ocurre lo contrario: crece con las horas y el movimiento hasta volverse un monstruo insaciable. Una señora me ofreció jugo de manzana. Estaba rico, pero me dejó la boca pastosa. Volví a eso de las dos y organicé las cosas para mañana. Hay mucha correspondencia por un operativo del consulado italiano al que se le tuvo que dar prioridad. Así que, si usted no recibió lo que esperaba, es por eso. A la vuelta, y viendo que era temprano, fui a comprar algo para comer al chino por peso. Caminé por las calles frías de la ciudad. A mí no me desagrada para nada el invierno y eso que debería. Supongo que porque soy como un oso polar. Carlos tuvo su clase de pintura y yo me encerré en una de las piezas con las gatas. Polly y René están cariñosas porque buscan calor. Son interesadas.

domingo, 29 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #21

 

Últimamente, no recuerdo casi ningún nombre. Reconozco y hasta puedo describir con algo de facilidad a cualquier persona que trato, ya sea amigo, conocido, vecino, almacenero, o puedo trazar un contorno de todo personaje que aparezca en una serie que esté viendo o libro que esté leyendo, pero no hay manera de que su nombre quede impreso en mi mente. Lo olvido, no lo retengo, escapa de mí por completo. Se acumulan sobre mí ojos, pelos, bocas, orejas, expresiones faciales, vestidos, buzos, camperas, anteojos, sombreros, todo aquello que sirva para distinguir a alguien, pero no sus nombres. Salgo a la calle, entonces, y veo al vecino del bigote negro y pelo desordenado. Lo saludo, le digo capo, maestro, fenómeno o nada, simplemente evito agregar el detalle de su nombre. O ahí va la señora con cara de sapo que vive en la casa azul. O el hombre con forma de guante que siempre tiene una mochila negra. Cuando tengo que hablar de los vecinos con mi pareja, voy pasando en limpio toda una cosmogonía de figuras que solamente yo, y un poco ella, entendemos. Tampoco recuerdo el nombre de mi pareja. Ni siquiera el mío puedo recordar, sólo leyendo el documento puedo mencionarlo. Esto me pasa desde hace un mes, tal vez dos. Comenzó una tarde de otoño cuando el vecino del bigote negro me hizo notar que las hojas no habían caído de los árboles. Levanté mis ojos y noté las copas plagadas de verde, relucientes, como si fuera octubre. Sonreí y traté de hacer un comentario, pero cuando la cara de mi vecino quedó frente a mí, su nombre desapareció. No tuve modo de recordarlo. Es algo extraño, me comentó, ya deberían estar secas las ramas para esta época. Asentí, pero seguía buscando su nombre en mi cabeza. Me fui con la excusa de llegar tarde a algún lado. Caminé hasta la plaza y me detuve. Todos los arboles estaban florecidos, brillaban de pájaros y movimiento. Una leve brisa movía las hojas. El verde pareció salir de ellas y mezclarse en los edificios, en las calles, en los autos, en las personas.

sábado, 28 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #20

 

ESPACIO PROMOCIONAL

-Buenas tardes, mi nombre es Florencia y hoy estamos con una persona a la que muchos consideran un visionario, una persona que ha recorrido el mundo llevando su metodología, que ha sido reconocida en diversos países por sus novedosas formas que le han valido la fama a lo largo y ancho del planeta. Seguramente, muchos de ustedes ya están adivinando de quién hablo, un orgullo para todos los argentinos, y es ni más ni menos que Eduardo Bermúdez. Muchas gracias, Eduardo por estar con nosotros hoy.

-Gracias a vos, Flor, ¿te puedo decir Flor, no?

-Sí, por supuesto.

-Es que con estas cosas que pasan ahora por ahí hay gente que se ofende si uno se toma algún atrevimiento.

-No, para nada. Eduardo, contáme, recientemente estuviste en Francia presentando una conferencia.

-Sí, estuvimos en París charlando sobre el método ERVA y buscando gente interesada en desarrollarlo en esa ciudad. Días antes habíamos estado en Madrid y en Milán y dentro de un par de semanas viajamos hacia Centroamérica.

-¿Cómo te recibe la gente en esos lugares? Porque vos iniciaste tu proyecto acá, pero lo fuiste expandiendo a culturas muy diferentes a la nuestra.

-Sí, parece algo muy extraño, pero todo resulta mucho más simple porque el ser humano quiere lo mismo en todas partes: alcanzar la plenitud en todo aspecto de su existencia.

-Y, para la gente que no te conoce, ¿podés contarnos un poco en qué consta tu método revolucionario?

-Bueno, Flor, es algo un poco difícil de sintetizar en pocas palabras. Siempre digo que lo mejor es que la gente se acerque a nuestro local y lo averigüe con mayor detalle.

-Claro, pero, por lo que tengo entendido, ustedes apuntan a que la gente saque el mayor potencial de sí. Esto lo hacen con ejercicios de meditación, de concentración y físicos, por lo que pude saber.

-Hay algo de eso. Mirá, ya que insisitís, sería como el crecimiento de un árbol. ¿Vos viste que en el campo o los lugares con mucho verde las raíces de los árboles se expanden por encima de la tierra, se hacen enormes? Pero, cuando están en la ciudad, hay que podarlos, hay que ahorcarlos, las raíces rompen las baldosas. Entonces, hay una especie de disputa insoluble entre el potencial de la cosa y su contexto. Bueno, la idea de nuestros talleres es que la gente expanda su potencial a limites impensados.

-Pero y cuáles son los métodos que…

-Eso es parte de la confidencialidad de nuestra organización. En ERVA, creemos que cada persona es única y tratamos de adecuarnos a cada necesidad. Si yo acá te cuento algo general, quien esté escuchando puede pensar que es una estafa, un cazador de ingenuos para quitarles plata y no es así. Nosotros realmente sacamos el potencial de las personas.

-¿Ustedes garantizan resultados al cien por cien?

-Sí, ustedes van a poder sacar todo lo que tienen dentro de sí y podrán alcanzar sus más anhelados deseos y sueños.

viernes, 27 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #19

 

Caminé por una calle deshabitada. De fondo, escuché bombos y trompetas. Todo parecía una fiesta. Un grupo intentaba corear una canción, pero no logran acertar la melodía ni la rima. Me fui adentrando en un parque del que no se veía el final. (A veces sueño con este lugar. Es una especie de bosque que bordea una vía de tren y desemboca en un barrio oscuro) Me acerqué a un grupo de cinco o seis jóvenes que estaban sentados esperando algo. Me acomodé en un hueco junto a uno de ellos. Frente a nosotros, se amontonaban cientos de personas, todas menores de treinta, que parecían estar armando una fiesta. Lejos de nuestra vista, una especie de escenario con tribunas decía ser el motivo de todo el alboroto. Uno de los jóvenes explicó la situación, pero me distraje porque una de las chicas, sentada junto a mí, apoyó su cabeza sobre mi hombro. Sentí el pelo lacio sobre la piel de mi cara y un dejo de su perfume entró en mí. No supe qué hacer, ni tampoco pude ver el rostro de la chica o interactuar con ella. La situación duró unos segundos hasta que me levanté. La miré y sólo recuerdo su sonrisa. Busqué un baño, pero no encontré por ningún lado. Todo alrededor se sumía en el caos. Los jóvenes estaban excitados, gritaban y rompían lo que les quedaba a mano. Destruyeron los bancos del parque y grafitearon la estatua de un prócer desconocido. Se me acercó un chico morocho y con un lunar peludo sobre el pómulo. Me indicó que, bajando la cuesta, había otro baño. Seguí sus instrucciones, pero me encontré con un rancho de chapas. Moví la puerta y había un inodoro con un espejo. Dudé si debía usarlo o no, pero, antes de decidirme, golpearon la chapa y me sobresalté. Un hombre de anteojos y camisa abierta me sonrío y me dijo que no tuviera miedo. Junto a él, un joven alto y de gorra blanca caminaba en silencio. Salí de esa especie de baño y ya era de noche. Noté manchones de luz en algunas zonas del parque, pero el resto era oscuridad. Se escuchaban risas y el sonido de sirenas. Caminé por un sendero de baldosas y pasé junto a un pequeño monumento que constaba de un hombre y un perro. Lo habían pintado de azul y habían arrancado la cabeza del perro. Todo alrededor comienza a temblar y una campana aguda y constante destruye la noche. Despierto como si no hubiera soñado. Voy al baño y después preparo el desayuno. Prendo la radio mientras miro por la ventana. Un viento leve mueve unas nubes azules y frías. El locutor de la radio cuenta que aparecieron tres estatuas de la región vandalizadas.

jueves, 26 de mayo de 2022

Cosas que pasaron hoy #18

 

Hay que prender el televisor a eso de las cinco, seis de la tarde y comenzar a cambiar de canal con parsimonia, con la delicadeza propia de una tarea artesanal. Hay que frenar el ímpetu del zapping en el primer programa y ver durante unos minutos. Un hombre de traje azul, con corbata negra y camisa celeste mira a la cámara con la convicción de quien está mirando a los ojos. Hace unos segundos de silencio para presentar al invitado del día. Con un tono solemne, serio, como si las palabras estuvieran apretadas en su boca y fueran saliendo de a una, el conductor del programa cuenta que lo acompaña un conocido de la víctima del último caso policial resonante. La cámara muestra a un hombre de mediana edad, de saco sin corbata y boca semiabierta, que se acomoda en su silla con algo de dificultad. Explica, cuando le dan la palabra, que él trató al occiso en un par de ocasiones y que una vez lo vio comprando el diario. Una voz interrumpe el precario monólogo del invitado y ahora podemos ver a dos periodistas acodados en una mesa que se encuentra casi afuera del estudio. Un joven rubio y delgado, piel pálida y dientes enormes, emite una pregunta sobre el invitado. Una chica morocha y de labios rojos aguarda silenciosa a su lado. ¿Qué diario compró aquella vez?, lanza al aire el panelista sobre un invitado ahora relajado y hasta algo arrogante. No pude ver bien porque yo estaba hablando con el canillita, responde como si estuviera revelando una verdad oculta a los ojos de los demás. Qué impresión le quedó cuando lo pudo tratar, pregunta la chica con una voz ronca y persuasiva. Parecía un hombre agradable, retruca el invitado, mientras el conductor del programa mira detrás de cámara como si entendiera que debe llenar media hora con alguien que no puede aportar ningún dato. Es el momento, ese, después de esa mirada aciaga, en el que hay que cambiar de canal. Ahora, una mujer ancha, agradable, con el pelo medio rubio y medio castaño, de saco rosa y camisa blanca escotada, labios rojos que parecen ser la norma para la feminidad televisiva, está sentada en un sillón azul en el que podría caber una y hasta quizás dos personas más, pero lo ocupa ella sola, a cuerpo de reina. A su lado, en un sillón azul individual, un hombre de unos cuarenta años, de traje gris y voz mecánica, explica detalles del caso policial del momento. El especialista en policiales no altera nunca su tono ni su semblante, parece una guitarra con una sola cuerda, pero, cada tanto, un arrebato de ira intenta salir al exterior, romper las barreras de enduido que cubren el cuerpo y el corazón de este sujeto y, con la fuerza de una proyección, cada vez que debe ejemplificar algún incidente del caso, utiliza a la conductora. Imagináte, dice, que yo te apuñalo y después prendo fuego el estudio. La mujer observa con calma, tal vez ya acostumbrada al estilo retorico de su compañero. Imagináte, dice, que te agarro a trompadas acá mismo. La mujer asiente imperturbable, aunque por dentro algo debe hacer ruido como un reloj que se rompe, pero sigue funcionando. Es ahí, en ese instante, en que hay que cambiar de canal otra vez.