Otra vez escribo desde la pujante ciudad de La Plata. Mi retorno a estas tierras no estuvo exento de problemas y desvíos. En realidad, no. Fue un viaje bastante tranquilo. Anoche hubo cena y festejo. Metieron barra libre de tragos y llevaron a un tipo para que cante. No lo conozco, pero decían que estuvo en la Voz argentina o en soñando por cantar o uno de esos. La opinión generalizada de los carteros es que cantaba bien. Se siguieron repartiendo regalos entre los jerarcas del sindicato y después hubo baile, descontrol, fandango, juerga, meresunda, aunque algunos paranoicos decían que no hubo, pero sí, estaban todos de la cabeza. Después alguien dijo que se iban a bailar a San Bernardo y que el micro nos llevaba. Yo me quería ir a dormir y el frío oceánico que hacía en ese pueblo infernal fue lo único que me detuvo de irme caminando hasta el hotel. La cosa es que empezaron a subir al micro con botellas y tragos y el chofer incautó todo. También dijo que no iba a una mierda a San Bernardo y le quisieron pegar. Varios nos fuimos a dormir y otros se fueron caminando hasta San Bernardo, dejando en claro que sí había meresunda. Me acosté y puse una repetición de un partido de futbol mexicano para dormirme. Al otro día, me levanté temprano. Desayuné mirando el mar y allí estaba el gordo de Ensenada fumando porro. Ese tipo fuma porro todo el día, nunca baja, vive en una nube. Admiro esa constancia. Salimos a las diez y el micro parecía una trinchera de heridos de guerra. Me fui observando el campo otra vez. El regreso fue por otra ruta. El sol picaba la cara y yo me empecé a preguntar cómo hace la gente para hablar todo el tiempo. Yo no puedo hablar mucho, me canso. Si estoy un rato largo hablando, después necesito compensarlo con un rato de silencio. Mis palabras salen como espasmos, como una descarga eléctrica. En cambio, otros hablan como un río. Me pregunto cómo hacen. Paramos en una estación de servicio y comimos un sanguche de bondiola. La parrilla la atendía una familia que salvó la tarde. Llegamos cerca de las cuatro. Vinimos por 66, atravesando el mítico barrio de Los Hornos. Ya comenté que si te secuestran caminando por Los Hornos y te sueltan en Mar de Ajó es posible que tardes en darte cuenta del cambio. Tal vez camines un rato y mirés el mar y digas No conozco esta parte de Los hornos porque, claro, es tan grande el barrio que puede haber una zona con salida al mar.
domingo, 15 de mayo de 2022
sábado, 14 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #6
Ayer nos tuvimos que ir caminando a la cena. El chófer dijo que él no recibía pago por llevarnos, sólo por traernos de La Plata. Uno gritó Somos carteros y arrancó la peregrinación. Fue una cena contundente, bordeando lo pantagruelico. A la vuelta, lloviznaba y nos amucharon a todos y todas en un micro. Me fui a dormir, pero la mayoría siguió de caravana. Hoy a la mañana, comenzó la asamblea en sí propia. Hubo un inicio con bombos, trompetas y un desayuno. Hicimos flamear unas banderas, cantamos el himno y luego se inició con la orden del día. Se mocionó la aprobación de balances y luego se dio lugar a la charla sobre la (siempre) preocupante situación de la empresa. En el cuarto intermedio, comimos y después me fui a mirar el mar, pero fue un ratito porque no estoy contemplativo últimamente y además se te llenan las zapatillas de arena. El gran drama de la costa argentina, el enemigo silencioso, el paciente invasor: la arena. La charla prosiguió a la tarde en los mismos términos. Nos liberaron cinco y media y nos regalaron alfajores. Cada uno es responsable de su destino hasta la cena. Me vine a un bar a tomar un café y mirar el partido. Estoy un poco saturado de la gente del correo y prefiero mezclarme con los lugareños, absorber algo de color local, contemplar la pintura de un pueblo opaco y que es incapaz de albergar alguna clase de energía vital. La gente parece afable.
viernes, 13 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #5
Hoy escribo estas líneas desde la pujante ciudad de Mar de Ajó. Me tocó venir para la asamblea anual de delegados sindicales. Tuvieron que agregarme porque no estaba en la lista de pasajeros. Salimos desde 4 y 51 a las dos y cuarto de la tarde. El micro agarró por 44 y fue dejando la ciudad atrás. Vi como, con delicadeza, barrios alejados sobreviven en su propio micro mundo. Los negocios van perdiendo sofisticación y marketing. Se convierten en tiendas de tela y chapa, anunciados por un cartel escrito con tiza. Nos dieron de comer un pebete de jamón y queso con una gaseosa. Más tarde, un alfajor Guaymallén. El ambiente en el colectivo es de una excursión escolar. Hay gritos, chicanas, bailan cumbia. Uno se puso una boina y le dijeron que parecía el cuñado de Rocky. Paramos en Minotauro a fumar y estirar las piernas. Seguimos y frente a nuestros ojos sólo se abre el campo. Hay incendios a lo lejos. La presencia humana se adivina por los objetos. La maquinaria agrícola, los caminos, los alambrados, el tendido eléctrico, las tranqueras, la pasarela esa que usan para subir a las vacas al camión. Hay muchas vacas y ninguna sabe que forma parte del sistema capitalista, que es una pieza de intercambio, que hace rica a algunas personas. La vaca nomás camina y come pasto. Observo la planicie y me invade una melancolía. Me pregunto cómo será vivir en estos lugares y me doy cuenta que nunca lo sabré con certeza. Llegamos a Mar de Ajó de noche. El micro da vueltas por calles oscuras y laberinticas. Parece Ringuelet con mar. Llegamos a la hostería. No hay agua caliente. En un rato, es la cena.
jueves, 12 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #4
Hoy
me desperté pasadas las siete y hacía frío. Tuve que salir con campera. Otra vez,
el 418 pasó cuando estaba cruzando la plaza y lo perdí. Tomé el 195. Cuando llegué
a la oficina, estaban todos a los gritos y enojados. El motivo era alguna clase
de descuido sin importancia y que ya se había solucionado, pero igual fue una
buena excusa para intercambiar improperios. Al rato, uno se puso a contar que
la hija de la sobrina, de apenas un año y medio, se quedaba dormida en lugares.
La llevaron al hospital y quedó internada en observación. Un médico, o al menos
eso entendí, le dijo a la madre que la niña sufría depresión. Un diagnostico un
poco extraño para una criatura tan pequeña. Hay un antecedente en la familia:
la otra hija estuvo varios meses sin hablar después de ver como el padre
apuñaló a la madre delante de ella y el hermanito, pero, en todo caso, había un
justificativo para la conducta inusual. Salí a la calle y me encontré con el
frío. También me crucé con una compañera de taller que estaba paseando al
perro. Me preguntó por qué no me sumo a las reuniones y dije que estoy en una. Después
fui hasta atrás del frigorífico a llevar una carta. Cuando se pasa por el
matadero, hay un olor a bosta y sangre muy particular, sólo vinculable a ese
lugar. Para llegar, hay una calle poceada rodeada de campo. A veces, los
pastizales se mueven, aunque no haya viento. Está lleno de cuises que no se
esconden a la vista humana. Se sienten fuertes y seguros de su victoria. Cuidado,
cuises, nunca hay que sentirse seguro de la victoria. Atrás del frigorífico,
muy atrás, hay un hogar para chicos con discapacidad abandonados. Los pibes
corren por un patio con huertas y gallinas. Había dos cabras pastando. Algún día,
hablaré con más detalle. Es la representación más cercana de olvidados de Dios
que conozco. Volví a la oficina y
preguntaban por el Sugus, un compañero de oficina morocho al que apodan así por
la otrora mascota (políticamente incorrecta) de los caramelos. Acaban de leer
el peor uso de paréntesis de la historia de la escritura, aplausos. Hoy hay
fulbito y hubo quejas por la nueva canchita. Es cierto que es pequeña e
irregular y que cambiamos porque la anterior era al aire libre y los –cito textual-
viejos maricones esos tenían frío. La semana que viene quizás volvemos a
cambiar a una por Tolosa que es un pasillo al fondo, preguntar por Tito. Quiero
contar que vivo con una persona publica a quien mantendré en el anonimato y me
referiré a ella como Carlos. Aclaro esto porque esa persona leyó uno de estos
escritos y me dijo que eran aburridos y que era necesario agregar acción,
ovnis, tiros, insultos y minas en bolas. Le expliqué que la idea era la
escritura por la escritura misma, no acumular efectismos y giros dramáticos. Me
respondió que eso era un bodrio y que a nadie le interesaba. No importa,
seguiré, esto es de largo aliento.
miércoles, 11 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #3
Hoy me desperté alrededor de las siete y hacía un frío esperable para mayo. Igual, salí sin campera porque el verano no quiere despegarse de mí. El 418 pasó mientras cruzaba la plaza así que lo perdí. Tomé el 195. El otoño es una estación de postales. Levanta uno la mirada y ve el amanecer naranja caer sobre las casas, los rayos de sol que atraviesan las ramas amarillentas de los árboles, las nubes que van dando un tono gris a los contornos del cielo, todo muy lindo. Pero después cae helada, llueve y hace calor en el transcurso de dos horas. Las hojas tapan desagües y canaletas provocando inundaciones y desbordes del agua. El otoño es una estación con un buen departamento de marketing. Llegué a la oficina y cundía el caos porque quien abre siempre se quedó dormido y nadie sabía bien qué hacer. Su excusa fue que se le durmió el gallo. Después salí a la calle a observar las bellas postales que regala la época. El portero del country al que voy a llevar cartas no me habló mucho hoy. Cuando es así, es porque está el jefe de él controlando. A veces me cuenta de sus problemas de pareja, de que se está armando una bicicleta o de alguna cosa que le pasó en el trabajo. El otro día me contó que tiene pocos amigos. Yo tampoco, ni quiero tener, aunque esto no se lo dije. Crucé varios vecinos que no veía hace tiempo y me llamó la atención lo mucho que envejecieron. Los que ayer eran niños, hoy son adolescentes; los que ayer afilaban en un banco del parque, hoy tienen tres pibes; la gente se muere y es reemplazada por sus hijos. El asfalto que hace unos meses arreglaron o pusieron como nuevo, hoy está agrietado y un mapa irregular se forma en su superficie. Los postes de luz se pudren y los cables, antes tensados, ahora se balancean. El tiempo no aparece frente a nosotros como algo abstracto, se muestra como la degradación constante, imparable, inevitable, de todo lo que nos rodea, de todo lo que conocemos y amamos. En eso pensaba, cuando me distraje con unos municipales pintando los cordones de la vereda. A la tarde, fui a comprar unas cosas al chino. El chino se llama Diego y es admirador de Cristina. Cuando entré, uno le estaba recriminando que no da bolsas y por eso no va más. Es cierto, tenés que meter las cosas en una caja o llevar tu propia bolsa. Tal vez lo hace para erradicar la mala fama que tienen los chinos en occidente. A mí no me molesta la caja porque René la usa para jugar. Hoy René no está encima de mí. Comió un pollito y se fue a dormir por algún lado.
martes, 10 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #2
Hoy
me desperté poco después de las siete y tampoco hacía el frío que uno espera en
mayo. Esta vez sí estaba nublado y una niebla espesa tapaba la copa de los árboles.
Observé el paisaje satisfecho porque era una imagen que me permitiría agregarle
cuerpo al texto. Para quienes no lo sepan, la niebla es ese extraño fenómeno climatológico
que consiste en una especie de cortina de baba blanca que obtura la visión y
deja la ropa humedecida. Lo curioso de la niebla es que siempre está unos pasos
más allá de uno, nunca estás dentro de la niebla, aunque lo estés. Caminás en
una especie de claro dentro del bosque de humedad. Tomé el 418. Cuando llegué a
la oficina, había menos gente que de costumbre. Pregunté y nadie sabía bien
porqué, cosa que es habitual en el correo. Nadie sabe bien qué pasa ni porqué. Al
rato, llegó el jefe y dijo que iba a venir gente de operaciones. La tan temida
tormenta que anunciaba la calma de los días anteriores. A acomodar el
escritorio y fijarse que no haya nada fuera de lugar. La actitud de la gente de
operaciones siempre se sospecha insidiosa, pero la mayoría de las veces cae en
la desidia en la que duermen todos los jerárquicos de la empresa. Uno de mis
compañeros estuvo enojado toda la mañana por el destrato que sufrió con la médica
laboral. Al parecer, ahora para faltar por enfermedad, tenés que ir a avisar a
medicina laboral que al día siguiente vas a enfermarte. No es exactamente así,
pero casi. Salí a la calle y la niebla, cobarde, ya se había dispersado. Una mañana
demasiado tranquila, con poca gente en la calle. Esto es algo bueno sobre todo
porque la gente está muy alterada últimamente. El único que no parecía alterado
era un tipo que estuvo estacionado diez minutos en un semáforo que no funciona.
La gente le tocaba bocina, pero él permanecía ajustado a sus férreas convicciones.
Yo pensé que, tal vez, en algunas ocasiones, un error de mirada puede ser
tomado como una bandera a defender, pero lo pensé porque a veces me hago el filosófico.
Cuando volví, me dijeron que había pasado uno de operaciones a tomar un mate y
decir que todo marchaba bien. Nos sigue faltando un cartero. Mientras preparábamos
lo de mañana, uno se puso a contar que, el día anterior, tuvo que robarle un
huevo a la gallina de la suegra para hacerse un sándwich. Otro preguntó si la
gallina pone huevos todos los días. Sí, excepto los domingos, le contestaron. Después,
comentó que la suegra también tiene gansos, pero es más difícil robarle los
huevos. Hay que pararse de manos, explicó. También dijo que los gallos ponen un
huevo chiquito y, cuando lo hacen, hay que matarlos. Yo comenté que ese es el
huevo del basilisco y otro dijo que es porque el gallo se hizo trolo. Luego de
eso, nos retiramos. Volví en el Norte 17, que nunca tomo, y noté que la gente cambia
mucho según el micro en el que se viaje. Uno ve a alguien y dice Este es un
pasajero muy 273. La tarde transcurrió sin mayores novedades. Ya está
terminando la temporada de fútbol en Europa así que no hay muchos partidos para
ver. Mientras escribo esto, René duerme encima de mí.
lunes, 9 de mayo de 2022
Cosas que pasaron hoy #1
La
idea de escribir esto es poder retomar cierto ejercicio y práctica de la
escritura que creo que perdí por circunstancias. No debería hacer esta
aclaración porque no se me ocurrió hoy hacerlo, pero no podía empezar respetando
mi propia consigna. Intentaré hacerlo corto y entretenido porque vivimos en una
época de etcéteras. Bueno, pasemos al coso en cuestión.
Hoy
me levanté a las siete y hacía menos frío del que uno espera en mayo. Salí sin
campera. El pasto de la plaza estaba húmedo, lo que me hizo suponer que cayó
rocío. Ahora que lo pienso, no recuerdo si estaba húmedo o tal vez estoy
haciendo un agregado literario para darle cuerpo al texto. Desconfiar de este
dato. Después me subí al micro. Hoy tomé el 418. La gente hace fila en la
parada, pero me resulta incomprensible. Para mí, la fila tiene algún sentido si
todos tomaran el mismo micro, pero pasan diez ramales distintos. Igual, por lo
que tengo entendido, La Plata es una ciudad amante del caos y sus habitantes no
acostumbran a hacer filas. Cuando llega el micro, hay una especie de código de
honor en el que los que llegaron primero van subiendo o se cede la prioridad a
mujeres, niños, ancianos y/o tullidos. Siempre hay alguien que intenta
prevalecer por la fuerza y pone su cuerpo como tapón para subir primero, pero, si
uno toma siempre en la misma parada, ya conoce donde frenan los micreros y es fácil
dejar en ridículo a estos individuos. Bueno, lo cierto es que me tome el 418. Hoy
fue una jornada de trabajo relativamente tranquila. Somos un efectivo menos
porque hay un cartero que se fue a España, haciendo carne esa frase que dice
que la única salida es Ezeiza. A mí me gusta esa frase porque demuestra que ya
nadie piensa en irse en barco. Nunca la salida es el puerto. Nadie sabe cómo se
llama el puerto o tal vez no queda bien decir la única salida es Dock Sud. No lo
sé. Lo cierto es que demasiada tranquilidad en el correo es señal ineludible de
que acecha una tormenta, sea dicho. Habrá novedades. Salí a la calle y vi
muchas cosas. Una de ellas fue un rottweiler. Es una raza de perro, si no la
conocen, van y googlean que no estamos en el siglo XV. Siempre me llamaron la
atención los ojos de esos perros. Son como dos bolitas marrones con un punto
negro, perdidos detrás de un hocico enorme. Hay algo de monstruoso en ese tipo
de ojos. Me quedé pensando en que esa raza de perros era la más temible hace
unos años. Suplantaron a los doberman como la raza de perros más agresivas,
pero ahora fueron destronados por los pitbulls. Tal vez en unos años aparezca
una nueva raza de súper perro, al que crearon genéticamente para matar
elefantes, pero la gente lo adoptará como mascota de casa y lo tendrá atado a
una cadena en un patio de dos por tres hasta que se escape y se coma a un
barrendero sin ni siquiera necesidad de masticar. Bien, después volví a la
oficina, es decir, no inmediatamente después, pero esto se está haciendo largo
y es justo lo que no quería. Hoy también hice algunos mandados y cambié la
manguera de desagote del lavarropas. Las gatas pelearon por algo y ahora René
duerme encima de mí.